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Pensamientos Peregrinos

11 de Julio. De torres del Río a Navarrete

11 de Julio. De torres del Río a Navarrete La jornada comienza temprano, aunque con la cura de los pies soy de los últimos en salir del refugio. Un buen desayuno en la pata de Oca y al camino. Mi andar es pausado, los peregrino me adelantan y saludan, hoy soy más consciente de mis límites. Al poco veo una peregrina de andar lento y que se detiene cada poco. La saludo al llegar a su altura y caminamos juntos. Es Silvia, alemana, no habla castellano y los dos perpetramos el inglés. Silvia será uno de los felices encuentro de hoy. Entre charla y risa llegamos a Viana y paramos en la plaza a reponer fuerzas, agua y fruta. Silvia se fija en mi sombrero y decide comprarse uno con la flecha amarilla del camino. Andamos muy despacio, mis pies no van nada finos, pero poco a poco llegamos a la parada de Felisa, por supuesto nos detenemos, nos pone el sello y nos obsequia con higos. Tomamos unos refrescos para acompañar y descansamos en un banco. Logroño queda cerca. En este tramo hemos decidido proseguir hasta Navarrete. La llegada a Logroño es agradable. Atravesamos el río, pasamos junto al refugio y vamos hacia el centro. Silvia me indica que quiere entrar en una iglesia, en la puerta nos hacemos las fotos de rigor y... echo en falta el bordón, la segunda vez. Caigo en la cuenta que en Felisa lo llevaba y decido regresar a por él. Quedo con Silvia que nos encontraremos en la puerta del refugio pero, si tardo mucho, ella partirá. El sitio está lejos y los pies doloridos. Pido un taxi que me lleva a Felisa y, en efecto, estaba allí el bordon. El taxi me devuelve al mismo lugar donde lo he cogido. Tan sólo ha sido un paréntesis en el andar. Me acerco a la oficina de turismo a por folletos de Logroño y volviendo, al cruzar el puente, diviso un edificio con todas las pintas de Hospital. Me acerco para pedir unas calzas con las que ducharme y no mojar las curas de los pies y, la fortuna sonríe al peregrino, sin poder decir nada una solícita enfermera al ver cómo camino me conduce a la consulta y me cura los pies. Percibo tanto cariño que me atrevo a decir que ha sido la mejor cura que nunca me han hecho. Tras este encuentro retomo el camino muy alegre. Ha pasado bastante tiempo pero me encuentro con Silvia que me acompaña a comer (ella ya ha comido) y reemprendemos la marcha. La salida de Logroño se me antoja eterna. ¡Qué poco casan los peregrinos y las ciudades! Al tiempo llegamos al parque de la Grajera lleno de familias disfrutando del domingo. El camino se me hace interminable. Pasamos el alto de la Grajera y mis fuerzas disminuyen por momentos, los pies duelen mucho. Dudo de la bondad de la idea de ir a Navarrete pero allí me espera otro grato encuentro. El paisaje es de viñedos y Bodegas. El antiguo hospital de peregrinos de San Juan de Acre, hoy tan sólo unas ruinas, nos recibe. Hoy entiendo perfectamente la profusión de hospitales de peregrinos: estas ruinas conservan algo de la energia que dio en sus días a los peregrinos. Tras infinidad de paradas llegamos a Navarrete el refugio es uno de los mejores que hay en el camino, está lleno pero aún queda sitio en la buhardilla, toda para nosotros. Tras el descanso descubro la hinchazon de mis pies, ahora apenas puedo apoyarlos en el suelo. No debo pasar de treinta kilómetros diarios. Bajar a la ducha se convierte en un suplicio. Me echo a dormir con los pies bien en alto. Al poco llega un nuevo peregrino al alojamiento, él reanuda el camino que ha ido haciendo por fases. Entablamos una agradable conversación. Se llama Iñaky. Es otra de las alegrías que me depara el camino.
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